Los trastornos neurológicos funcionales representan un desafío clínico cada vez más frecuente en la adolescencia, tanto por su creciente incidencia como por la complejidad de su abordaje diagnóstico y terapéutico. Se caracterizan por la presencia de síntomas neurológicos —como debilidad, crisis no epilépticas o alteraciones sensoriales— sin una causa orgánica demostrable, pero con un impacto significativo en la funcionalidad del paciente.
En el contexto de urgencias, estos cuadros suelen generar elevada incertidumbre, al poder simular patologías neurológicas graves como epilepsia, ictus o trastornos del movimiento, lo que con frecuencia conduce a un uso intensivo de recursos diagnósticos.
El enfoque actual pone el acento en la identificación de signos clínicos positivos que apoyen el diagnóstico, evitando basarlo exclusivamente en la exclusión de enfermedad orgánica. Este cambio de paradigma permite una aproximación más eficiente, reduciendo intervenciones innecesarias y el riesgo de iatrogenia.
La adolescencia constituye un periodo especialmente vulnerable, en el que factores emocionales, estrés, experiencias adversas y dinámicas familiares pueden desempeñar un papel relevante en la aparición de estos trastornos.
El abordaje inicial debe incluir una comunicación clara, empática y validante, evitando la estigmatización del paciente y favoreciendo la adherencia al tratamiento. La coordinación con salud mental es clave para un manejo adecuado y sostenido en el tiempo.
Una correcta actuación desde urgencias puede influir de manera decisiva en la evolución clínica, facilitando un diagnóstico precoz, reduciendo la cronificación de los síntomas y mejorando el pronóstico funcional del adolescente.







