Florecer


Florecer

por P. Panza Guardatti
18 años. Estudiante del Profesorado en Lengua y Literatura.

 

Antes que nada, quiero comentar y dejar constancia de que el siguiente escrito tomó forma durante la más bella época de todas: la primavera. Lo constato por el simple hecho de ubicar al lector en el contexto de producción, porque seguramente este artículo recaerá en sus manos tiempo después, en el que quizás quien escribe haya mutado, en el buen sentido. Recalco que fue en primavera porque es un hecho fundamental, porque es durante la misma en la que el proceso comienza a tomar forma culminante; el proceso que inició en los meses donde todo se tornó de colores cálidos (rojo, amarillo, naranja) y las hojas se despidieron de sus aposentos hasta siempre.

Un proceso silencioso, que no llamaba la atención, y hasta que no podía percibirse a simple vista; pero que, sin embargo, cuando el otoño tocó la puerta, él se entrometió sin avisar comenzando a gestarse.
Y así fue que con el pasar de las semanas todo empezó a cambiar.

La palabra clave que puede ayudar a explicar el proceso en su primera instancia es aumento. Aumento en todos los sentidos. El principio se concibió como un avasallamiento e intromisión. Una oleada que se acrecentó y no se desagotó, sino que se estancó y profundizó. Una acumulación que fue multiplicándose y llenándome de todo tipo de cosas: fue una sobrecarga de información, emociones, altibajos, disconformidades, extrañezas, cambios, incertidumbres y confusión que culminaron, ¿por qué no?, en una sobrecarga de alimentación.

Así, durante todo el otoño e invierno, como cual oso en estado de hibernación, en mi cuerpo todo se acumuló. Pero aquella fue la primera parte de todo el proceso. Luego siguió el momento en el que la avalancha tomó temperatura ambiente y por consiguiente se enfrió. Comenzó entonces el momento de filtración.

Alejarme, anidarme, comprenderme, animarme, cambiarme, amarme.

Al nido se volvió y bajo protección pude mirar en retrospectiva, y ¡qué bueno y saludable es poder retrotraer memorias y observar el pasado!, siempre y cuando este avistamiento genere un estado de reflexión, y así fue como ocurrió. Por lo tanto, las plantas de mis pies hicieron contacto con el helado suelo que tenía debajo, y no solo el frío recorrió cada parte de mi ser, sino que también las raíces profundas subterráneas se adentraron en mi piel y se ramificaron, preparándose para la primavera.

La filtración significó concientizar todo lo acumulado y pasarlo por un tamiz, en el que todo lo bueno no traspasó, y la borra se coló por los orificios, pero no antes de ser purificada y meditada, para que el proceso sea fructífero.

Así, el peso comenzó a descender y solo quedó aquel que permite la vida, la buena vida, la saludable vida, en los aspectos físico, mental y, sobre todo, espiritual. Entonces, el calor ascendió y el capullo a abrirse comenzó: la primavera ha llegado y es tiempo de florecer.

Pétalo por pétalo, abriéndose cada uno a su tiempo, permitiendo al sol adentrarse en cada rincón y que su energía se extienda por la totalidad de la flor. Renovación, purificación, reinicio. El otoño y el invierno posibilitaron que dentro se produjera el proceso que se manifestaría justamente en este momento: el momento del brote. El brote significa el comienzo de una nueva vida, y por más absurda que pueda llegar a parecer la metáfora, así me siento. Reviviendo como una pequeña flor que comienza a desarrollarse. Como una flor de loto, un lirio, un girasol que cobra una vida nueva, cargado de energías, renovado, esperanzado y motivado, dispuesta esta flor de amarillos pétalos a descubrir el mundo y deleitarlo con su belleza que empieza a centellear.