LA
BODA DE TONI
(o
una consecuencia del trato del pediatra con los adolescentes)
JOSEP
CORNELLÀ y CANALS
Este
verano fui invitado a una boda. Una de estas
bodas que hacen ilusión. Digo esto ya que, cuando llegas a ciertas edades, hay
que distinguir entre las bodas a las que hay que ir para 'quedar bien' y las
bodas que, realmente, hacen ilusión. Si cuando uno es joven, predominan las
bodas que hacen ilusión, según pasan los años, cada vez aumentan más las bodas a
las que hay que ir por compromiso social.
Podríamos
decir que era una boda 'normal', entendiendo que, actualmente, hay gran variedad
de bodas. Se trataba de una boda por la iglesia (que, quieras que no, siempre
son más lucidas), de una pareja joven, y con un grupo de invitados que podríamos
llamar normal. Quiero decir que no era uno de esas bodas donde hay invitada
alguna 'celebridad' de la prensa del corazón, ni ningún elemento relacionado con
la aristocracia, tan de moda en algunos ambientes.
Quiero
decir que era una boda normal, ya que se celebraba al mediodía e iba seguida de
un sustancioso aperitivo y una comida. Eso sí, con una exquisita puntualidad en
todo (lo que los invitados siempre agradecen y que en pocas ocasiones se da), y
con un respeto por el coloquio que se pudiera establecer en las mesas. Quiero decir, que los decibelios de la música
ambiental no molestaban al oído.
Tampoco
es que hubiera una excesiva presencia de profesionales del reportaje gráfico
(supongo que se llama así lo que antes llamábamos, simplemente, fotógrafos), lo
que sin embargo los invitados agradecen, ya que les evita la repetición de
'poses' como si de vedettes se tratara. Especialmente lo agradecemos los que,
como yo, tenemos cierta alergia al flash, y que, en la octava fotografía ya
ponemos cara de aburrimiento.
Al
final de la comida, y una vez terminados los brindis, los novios iniciaron el
baile. Como nota curiosa, la novia había preparado un surtido de alpargatas de
cintas, de aquellas típicas de nuestro pueblo, con el fin de facilitar que los
invitados pudieran aparcar el calzado de ceremonia con que habían acudido al
festejo. Son detalles que se agradecen, especialmente para aquellos que son
aficionados al baile, que no es mi caso.
También
era el caso del novio que, después de decir unas palabras de agradecimiento por
la presencia de todos, dio por inaugurado el baile, advirtiendo que él se
abstendría, que no era lo suyo. También me pareció un detalle de sinceridad que
se agradece. Yo creo que hay personas a quienes les gusta bailar, que han
aprendido y que saben, y que se lo pasan bien bailando, y que hay otra parte de
la humanidad que sufrimos, y que somos incapaces de coordinar la motricidad de
los pies que un baile exige. Es un bonito detalle hacia la libertad, con lo que
se deja bien claro que, para que una boda sea completa, no es del todo necesario
e imprescindible que los novios bailen el 'vals nupcial', y que esta costumbre
más bien nos haya sido impuesta a través de la acción globalizadora de los
celuloides que nos llegan de más allá.
¿Que
tenía pues este matrimonio que merezca esta reseña en este artículo?
Pues,
sencillamente, que el novio, Toni, con treinta años recién cumplidos, había sido
uno de mis primeros clientes que tuve como pediatra. Como quien dice, le había
visto nacer. Y, a través de las atenciones de la puericultura y las revisiones
periódicas, se había ido estableciendo una relación de amistad que va más allá
del clientelismo asistencial.
La
boda de Toni me movió a reflexionar sobre el papel de la pediatría en la
atención a la salud integral del adolescente. Un papel que debería ir más allá
de una edad concreta que pueda dictaminar la administración (¿por qué a los 15
años el adolescente ya no puede ser atendido por el pediatra?). Y un papel que
el pediatra se ha ido ganando durante los años dedicados a atender a esa persona
que crece, y a orientar sus padres.
¿Cómo?
Desde
la mirada de complicidad de cuando tomas nota del peso y la talla, o ese guiño
que haces cuando insuflas de aire el manguito del esfigmomanómetro, hasta el
pacto solemne, sellado y rubricado, antes de poner una vacuna; poco a poco, se
construyendo una relación única entre el que ejerce el servicio de la pediatría
y quién recibe los cuidados. Ya en un artículo anterior, evocando la figura de
Lain Entralgo, sostenía como esta relación 'médico - paciente' no deja de ser
una relación de amistad. Amistad 'especial' en este caso.
La
atención de pediatría y puericultura es básica para establecer un vínculo de
confianza que sólo se puede mantener si siempre es la misma persona la que
presta esos cuidados al 'paciente' (y utilizo ahora esta palabra en la acepción
de persona que tiene paciencia, ya que entiendo que la misión de la puericultura
es del todo preventiva, y por tanto, no trata enfermos).
Por
eso toda política de interinidades y cambios en la atención sanitaria no puede
ser buena. Por eso hay que definir la función de cada uno de los profesionales
sanitarios que atienden a una misma persona. Hay que evitar la dispersión y la
difusión de responsabilidades en equipos no siempre justificados.
Esta
confianza supone, para el médico, una situación de privilegio. Y de esta
relación de privilegio se desprende la necesaria responsabilidad. Una
responsabilidad que se aplica a la hora de recomendar una dieta concreta o de
prescribir una medicación.
Más
allá de la edad infantil, esta relación se extiende a la etapa adolescente. Y
aquí sí que el pediatra puede tener (si quiere, y si lo ha preparado
adecuadamente) una influencia clave en los aspectos preventivos y de
orientación.
A
menudo el adolescente se encuentra confuso. Su cuerpo ha crecido, y él no se
acaba de encontrar bien. Cree que los padres no le entienden del todo (lo que, a
veces, no deja de ser cierto) y en la escuela no termina de sentirse motivado
por las materias de estudio y, a menudo, se siente mal con los deberes. Por otra
parte, la acción de las hormonas se hace sentir en todos los órganos y sistemas,
de modo que experimenta sensaciones que le son del todo nuevas y que debe
aprender a encarrilar en su desordenada personalidad. A veces, le sobran piezas.
El
adolescente quiere y duele. No tiene miedo de nada, quiere experimentarlo todo,
hace frente al riesgo sin terminar de evaluar sus consecuencias, y se encuentra,
muy a menudo, como marginado de la sociedad.
¿A
quién irá? ¿A quién acudirá a buscar consejo?
Recuerdo
un anuncio emitido por un canal televisivo estadounidense. Un adolescente de
dieciséis años comentaba con un compañero sus dudas sobre su maduración sexual.
Se sentía desorientado y perdido. El compañero le decía: 'deberías ir al
médico'. Pero él le cuestionaba: 'Y, ¿quién es mi médico'. Y una voz 'en off'
decía: 'el pediatra es tu médico'. Este anuncio era promovido por la Society for
Adolescent Medicine (SAM) e intentaba concienciar del papel que tiene el
pediatra en la atención a la salud integral del adolescente.
En
el caso de Toni, yo tenía la sensación de que habíamos sido capaces de hacer
este camino juntos. La atención pediátrica y de puericultura durante la etapa
infantil había llevado a una relación de confianza que se mantuvo al llegar la
adolescencia. Y siguió más allá, ya en su juventud. Todo un ciclo de
crecimiento, todo un ciclo que comenzó siendo un acompañamiento en el camino,
para acabar siendo un 'compartir' el camino de la vida. Desde diferentes
perspectivas, eso sí. Pero cuando hay capacidad de empatía y se pueden compartir
sentimientos y dudas, el crecimiento se da siempre, tanto en uno como en otro.
Hay una reciprocidad. Uno siempre tiene cosas que aprender de la juventud. Y los
jóvenes también pueden aprender de nosotros, aunque sea a no caer en los mismos
errores.
Todo
esto lo he pensado a raíz de este matrimonio.
Me
he sentido su 'médico de cabecera' durante estos años de crecimiento. Y esa
invitación a su boda corroboraba que me estaba en lo cierto.
Con
Toni hemos ido compartiendo ideales durante estos últimos años. Hombre de letras, y metido en el mundo del
pensamiento filosófico y ético, me ha sido de gran ayuda cuando he tenido que
reflejar, en algún artículo o en alguna comunicación, los aspectos bioéticos que
enmarcan nuestro quehacer de cada día. Y, pienso, todo empezó hace ya
treinta años... Y pienso que la relación entre
el pediatra y el niño, el adolescente, el joven y su familia debería ser
garantizada como herramienta de primera categoría en los programas de medicina
preventiva. Invertir en la infancia es invertir en el futuro.
GIRONA,
25 de noviembre de 2009.
Publicado en el Boletín del
Colegio Oficial de Médicos de Girona, diciembre de
2009.
Traducido del catalán por el
autor.